jueves, 5 de febrero de 2015

De vinerías y focas...

Lunes 26/01/15
Hoy tocaba día tranquilito... La idea era recorrer las vinerías de la región de Marlborough -aquí se produce el 76% de los vinos del país- y dormir en Kaikoura.
A las 10:30 de la mañana ya estábamos en la primera vinería. Al entrar preguntamos cuánto valía la cata y a la respuesta de gratis los ojos empezaron a hacernos chiribitas. 6 vinos diferentes nos dio a probar y entre copa y copa dándonosla de entendidos por ser españoles.



Esto mismo se repitió en tres vinerías más por lo que en la última aprovechamos unos bancos de madera en la sombrita para sacar nuestras salchichitas ya hechas y llenar la barriga para evitar el coma etílico. Viva el sauvignon blanc!!
Sobre las 4:30 llegamos a Kaikoura tras pasar por espectaculares playas, por supuesto siempre vacías.

En el centro de turismo nos explican que el principal atractivo de esta zona es una ruta de tres horas rodeando la península en la que se pueden ver focas y aves marinas. Nos dicen que si salimos en ese momento podremos volver antes de que anochezca. A toda prisa nos fuimos al camping, dejamos las cosas y echamos a andar.
Al cabo de hora y media no habíamos visto ningún animal. "Por fin" vimos una foca que obstruía el camino junto con una señal que avisaba que no debíamos acercarnos a menos de 10 metros de las focas porque son territoriales y agresivas.

Nosotros que somos muy obedientes nos alejamos y seguimos la ruta. Pero mira tú por donde que habían dos rutas (cosa que descubrimos después): la facilona que con su caminito de madera pasaba por encima del acantilado y la que iba rodeando a pie de mar toda la península. Adivina adivinanza cuál cogimos nosotros??? Po zi, sin saberlo pillamos la chunga.
Al principio todo muy bonito, moluscos, piedras blancas preciosas, pájaros y una soledad tremenda.


 De vez en cuando veíamos muy a lo lejos una foca y nos reíamos haciendo chistes sobre ellas. Pero tras dos horas y media  empezamos a sospechar que no íbamos bien, cosa que se confirmó a lo que llamaremos el focódromo. Madre por dios eso estaba abarrotado de focas de 200 kilos como mínimo preparándose para pasar la noche.
El momento crítico llegó cuando la playa se estrechó y para poder seguir había que pasar entre dos focas separadas por menos de tres metros que cuando nos acercábamos resoplaban, gruñían y nos enseñaban los dientes. La reacción: Jesús pilló un palo y yo decía que prefería subir por el acantilado que pasar entre las focas. Miedito del güeno. Afortunadamente una de ellas decidió dejarnos pasar y se retiró unos metros -aún así seguían siendo bastantes menos de 10- y la otra dejó de enseñarnos los dientes. Con mucho mucho cuidado pasamos el primer obstáculo pero esto parecía una peli de Indiana Jones. Al levantar los ojos del suelo vimos tropecientas mil más. La odisea fue larga y tras ir esquivándolas y con mil ojos conseguimos salir de allí. No sin tener que crear un puente artificial a base de piedras porque la marea estaba subiendo.

Cuando vimos cuál era el camino que realmente teníamos que haber tomado nos reímos por no llorar. Estaba anochecido y aún nos quedaba toda la vuelta que hicimos casi corriendo por el interior en menos de una hora.
Tras esta intensa jornada nos regalamos unos fish & chips mientras la camarera de Dallas, dice mi marido, me tiraba los tejos.

1 comentario:

  1. No veo los emoticones para poner cara de super-asombro y "miedito del güeno" como dices tú, Elena, porque en esa aventura teníais que haber ido por lo menos con "cocodrilo dandee"...Joder con las focas, si dan miedo cuando las veo en la 2!!!!! Menos mal que ibais borrachos!!!!! Jajajajajajajaja...

    ResponderEliminar